Conciertos
The Pipettes
Texto: Jordi Guinart

 

Con el aforo medio lleno, saltaron al escenario tres chicas que corrían dando saltos y saludando con los brazos en alto. Parecían aquellas novias de película adolescente americana tipo “Grease”, que iban a abrazarse con sus novios, recién acabado el partido de rugby. Ante nuestros ojos había una banda con las iniciales TP cosidas en unos uniformes de instituto pijo de hace décadas, y tres chicas punteadas de negro, faldas cortas, cinturones de color, medias oscuras, tacones y flequillo hasta la punta de la nariz. Sólo faltaban los pompones y el novio garrulo dándole collejas al canijo gafudo de la clase, ambos enamorados de las ganadoras del baile de fin de curso. Comenzó “Don’t Forget Me”. Becki, Gwenno y Rose movían los hombros, sacudían las faldas, señalaban al público de perfil y realizaban coreografías de blanco y negro. Seguro que alguien comprobó si las manecillas de su reloj retrocedían en el tiempo. A la segunda canción no cabía un alfiler, las voces dulces del pasado invocando a los merodeadores como sirenas mitológicas. Lamento adolescente en “I love you”, melodías tristes con coros solitarios de colegiala sin beso mientras chasqueaban dedos y, en “Why Did You Stay”, las Pipettes enseñando cómo retorcer las muñecas de puntillas. The Shangri-las y The Dixie Cups fundidas en tres figuras incansables, arrebatadoras, bailando todos los tópicos del dancing sesentero de color rosa. Terminaron con la ineludible “We are The Pipettes”, y el concierto se convirtió en la música ideal para poner en tu fiesta de graduación del instituto. Felices 1960.

Mejor momento: Cuando en “Judy” han empezado a bailar entre ellas y el público entero daba palmas ante la incapacidad de seguir el frenético bailoteo.


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