Y llegó el día en que los de Peter Hayes tomaron un desvío y, casualidades de la vida, resulta que firmaron su mejor disco. ¿Entonces por qué demonios decidieron volver al garaje del que acababan de salir? ¿Miedo escénico? Tal vez, a juzgar por la capucha bajo la que se escondía Robert Turner, bajista y co-líder de los chicos que tomaron a Marlon Brando como cabeza de cartel el día en que decidieron montar una banda. El caso es que anoche quisieron sonar oscuros, muy oscuros, casi fantasmagóricos, y, a ratos, lo consiguieron. Incluso el único rescate del formidable “Howl” (el álbum pro folkie pop de ascendente grunge que marcó un antes y un después en la corta historia de la banda), “Ain’t no easy way”, sonó laberíntico. Pero el sonido les jugó una mala pasada (fallos técnicos mediante), les hizo parecer imprecisos, golpear a la espera del quiebro (que, por supuesto, nunca llegó, porque pueden presumir de musculosa contundencia). Hayes, escondido también (en su caso, tras los rizos), se hizo a un lado, y prácticamente cedió todo el protagonismo a Robert, que, en su look de motero (he aquí de nuevo la conexión Marlon Brando), se ciñó al noisy-pop de “Baby 81” (y sonaron “666 Conducer”, “Berlin” y “Lien On Your Dreams”). Lo han dicho. Quieren parecerse a The Jesus and Mary Chain. Pero ahora que The Jesus and Mary Chain han vuelto ¿dónde se supone que está la salida? Los hermanos Gallagher tienen la respuesta. Porque los de Hayes también quieren parecerse a Oasis. Quizá por eso se despidieron de Benicàssim con “Am I Only”. ¿Alguien dijo pop?
Mejor momento: El interminable solo (rollo experimento post-rock progresivo y casi sociológico, teniendo en cuenta el público que corría frente al escenario a la espera del abordaje Muse) de “American X”, penúltimo hachazo de la banda a un directo que no sólo no defraudó sino que sobre todo sorprendió por lo arriesgado (tantas cabezas ahí abajo y tan pocos hits ahí arriba). Pero teniendo en cuenta que el riesgo siempre será un valor seguro, chapeau.