Una música celestial planeaba sobre un océano de ondulantes cabezas en la sombra.
El momento había llegado: litros de cerveza y plásticos rotos volaban por los aires elevándose decenas de metros, mojando y empapando en su aterrizaje, mientras detrás del escenario los componentes de B-52´s se marchaban del Festival arrastrando sus maletas. El concierto más esperado empezaba bajo una luz azul mortecina cuando Alex Turner y compañía se situaban y arrancaban con la gran “The view from the afternoon”. En un plis plas acababan de meterse la esplanada entera del Escenario Verde en el bolsillo trasero de sus raídos tejanos. Un ejercicio de reducción de materia que parece normal para estos chicos, especializados en obrar milagros como romper expectativas, moldes discográficos, y no aparentar ser las típicas estrellas teniendo en cuenta que el acné de Turner (voz y guitarra) debe resultar insultante para otros artistas que se creen consagrados en la madurez. Una batería con vida propia marcaba el ritmo de “Teddy Picker” después de la aclamada “Dancing shoes”. Y la voz de las masas coreando en la poderosa “Fake Tales of San Francisco” hacía estremecer las placas tectónicas de la población entera. Tal vez por eso, cuando le llegó el turno a “When the sun goes down”, la relación sentimental entre los Arctic y el público no podía terminar de otra manera que con unos fuegos artificiales brotando del suelo, en la lejanía, cual estallido de placer. “A certain romance” cerraba el concierto y los tiempos muertos entre canciones en los que un servidor pensaba: ni indie, ni rock, ni garage, ni hostias. Todo a la vez, y mejor que nadie.
Mejor momento: la bofetada de los Arctic Monkeys al detestable himno “¡oé oé oé oéééé!”, que duró cuatro segundos hasta que un trallazo guitarrero lo sumió en el olvido. La canción no era otra que “I bet you look good on the dancefloor”. No estábamos en un estadio: estábamos en la pista de baile de lo que debe ser el paraíso cuando llega la noche.