Música
OMD. El salón de los espejos de La Liga Humana
Texto: Aldo Linares

Nacieron siendo un símbolo de un tiempo particular y se han convertido, por mérito propio, en una referencia de la electrónica en la que se miran muchos de los artistas que en la actualidad hacen electro - pop. Pasemos y veamos que hay más allá de The Human League y del neo romanticismo.

En aquellos setenta, época de colisiones, encontronazos y descubrimientos resultantes de cambios y posturas político - sociales en los que el punk llamaba la atención de jóvenes avezados y de algún que otro pintamonas de turno, hubo quienes pretendieron acercarse a una ruptura lejana del poder del imperdible, las crestas y las proclamas antisistema.
Ellos, se valieron de referencias culturales de enjundia, atuendos y estéticas europeístas y un singular apego por los sintetizadores y las cajas de ritmo. De un modo u otro las figuras de Brian Eno y Bryan Ferry de Roxy Music, David Bowie, Kraftwerk o Can, entre otros, servían de modelos sonoros y visuales para los nuevos buscadores.
Aquel movimiento, que devino en el llamado post punk, trajo consigo variopintas ramificaciones entre las que se encontraba el New Romantic, término acuñado por Richard Burgess, productor de Spandau Ballet.
A The Human League se le asoció con esta rama, aunque estaba claro que el grupo exploraba los terrenos del synth-pop o techno-pop con seriedad. Y es que detrás había más historia de lo que parece.
En los tempranos setenta, Ian Craig Marsh formaba parte de un grupo de teatro llamado Meatwhistle. Deseoso de investigar, y junto a Mark Civico, monta una banda de rock teatral llamada Musical Vomit en la que, poco después, entrarían Glenn Gregory, Martin Ware y Adi Newton, entre otros.
Tras varias idas y venidas, los de Sheffield decidieron ir más allá con una nueva propuesta cargada de tintes experimentales, al tiempo que Gregory se centraba en otros proyectos. Así nació The Future.

La futura música
Bajo la premisa de hacer canciones hechas exclusivamente con sintetizadores y demás artilugios electrónicos, The Future sintió en carne propia la liberación que sugería el punk. Iban a hacerlo a su modo, trabajando con computadoras y cajas de ritmo. Pero aún así, algo les seguía faltando para cuajar. Entonces, en plena toma de decisiones y orientaciones Adi Newton se marchó para formar Clock DVA.
Este fue el momento en que recurrieron a Philip Oakey, un amigo que trabajaba en un hospital. Quedaron, se vieron y descubrieron que él llegaba con un papel con la letra de una canción llamada “Being Boiled”, una joya.
Oakey recuerda que lo que querían era “sonar como Kraftwerk, elegantes y tecnológicos”. Justamente este deseo es el que les llevó a actuar en consecuencia, creando un sonido ciertamente gélido pero que a la vez mostraba elementos orgánicos enigmáticos y novedosos. Un sonido que, a gritos, requería un nombre especial.
Primero pensaron en ABCD, pero afortunadamente se decantaron por The Human League, sacado de un juego llamado Star Force, aunque también se dice que era una referencia a un comentario de Bowie respecto a los nuevos sonidos que remodelarían los ochenta.
Sea como fuere, la banda llamó la atención de Fast Product, sello de gente como Gang Of Four o The Mekons, que tras oír su maqueta, no dudo en ficharles. Poco después, y tras uno de sus conciertos, conocieron a Adrian Wright que pasaría a ser parte de la banda, primero como director audiovisual y luego como músico.
La buena fama que les daban sus directos, que les llevó a telonear, entre otros,  a Siouxsie And The Banshees o Iggy Pop se acrecentaba con las escuchas de su primer ep, “The Dignity Of Labour pts. 1 – 4”. En ese momento Virgin se cruzó por su camino fichándoles con la intención de ver qué podía ocurrir con un grupo tan singular.

El asalto sintético
Con “Reproduction” (1979), seguían inclinando su balanza hacia la experimentación accesible. Lo mismo pasaba con “Travelogue”, editado en 1980, el año en que el neo romanticismo dejó ver sus rasgos por la escena británica con un single tan mítico como “Fade to grey” de Visage, la banda de Steve Strange, portavoz visual de la escena que avivó la mecha en el Blitz Club y en el Hell de Londres.
Por ciertas diferencias personales y de estilo, Ware y Marsh se marchan para formar Heaven 17, junto a Gregory. Lejos de amilanarse, Oakey y Wright reclutaron a Susan Gayle, Joan Catherall, Jo Callis e Ian Burden. Y con el single “Love action” llegó el cambio.
Era 1981 y The Human League estaba a punto de publicar un álbum básico para entender el synth-pop de la época: “Dare”.En un año en el que Depeche Mode firmaban, entre sintes, colorines y laca, el archiconocido “Just can’t get enough”, Soft Cell marcaba pasiones con “Bedsitter” y Duran Duran hablaban de sus “Girls on film”, The Human League dejaban para la historia una de las canciones más importantes del género: “Don´t you want me”. Un tema que arrasó en las discotecas de todo el mundo y que daba el aviso de lo que iba a ser uno de los signos de aquellos tiempos, el baile electrónico.

Desnudez y brillo
De lo que se trataba era de dejar atrás cualquier atisbo de aburrimiento y falta de iluminación en el pop. Se trataba de hablar de Greta Garbo, Rodolfo Valentino y de Marcel Duchamp, de pintarse los labios hasta parecer Sofia Loren, Jane Mansfield o Amanda Lear, de tocar teclas con las manos impolutas o con guantes adornados por deslumbrantes piedras, de hablar de ciudades como París o Viena. De parecer culto, interesante y moderno. Eso era el New Romantic.
Esto obviamente sirvió para que la prensa metiese a muchos en el mismo saco y para que, a su vez, muchos sacasen partido de ello arrimándose a donde más convenía.
Claro, tocaba señalar al “Ashes to ashes” de Bowie, sintiendo que era posible un mundo de aventuras, lujo y erotismo efímero. Un lugar en el que Classix Nouveau, Kajagoogoo, New Musik, Howard Jones, Thomas Dolby, Landscape o Thompson Twins se miraban de tú a tú, aunque no tuviesen nada que ver unos con otros, con seres tan particulares como Gary Numan, Klaus Nomi, Adam Ant, The Associates, David Sylvian de Japan o John Foxx. Un lugar en el que todos podían ser parte del video de “The look of love” de ABC.
En ese batiburrillo de nombres y estéticas, The Human League siguió marcando su terreno con canciones tan efectivas como “The things that dreams are made of” o “(Keep feeling) Fascination”.

El reflejo
1982 fue un año pleno de hits estilo purpurina. Desde el decoroso latido de “Let me go!” de Heaven 17 y la brillantez de “More than this” de Roxy Music, con el icónico Bryan Ferry a la cabeza, hasta el impacto de dos clásicos como “Don’t go” de Yazoo y “Do you really want to hurt me” de Culture Club, todo parecía apuntar a nuevos modos en los que el pop podía tener varias caras.
Mientras Philip Oakey y los suyos preparaban nuevo material, David Bowie hacía suya “China girl” y Spandau Ballet ganaban miles de adeptos con “Gold”. Incluso en nuestro país, un avispado Miguel Bosé, avalado por una portada de Andy Warhol, atacaba las listas con “Fuego”, compuesta por Carlos Berlanga y Nacho Canut.
Otros, como el ínclito Tino Casal, La Unión, en su disco “Mil Siluetas”, Magenta, Video, Muzak, Luna, Iván, Glamour, Comité Cisne o Diseño, se acercaban a los presupuestos estéticos y sonoros del new romantic, con desiguales resultados mientras que, al otro lado del océano, grandes grupos argentinos como Los Encargados o Virus decoraban su música con lo mejor de este ideario.
“Hysteria” (1984) trajo nuevamente a unos The Human League que parecían estar buscando otros horizontes con “The Lebanon” o “Louise” que, aunque no fueron tan exitosos como sus predecesores, siguieron dándoles fans, los mismos que quizás también bailaban con Real Life, Blancmange, B-Movie, A Flock Of Seagulls, Indochine, China Crisis, Desireless o Ultravox.
Sus siguientes discos mostraban a Catherall, Gayle y a Oakey como un trío en busca de otros registros. Desde el nuevo soul en “Human” hasta el hedonismo de “Love is all that matters” y  “Heart like a wheel”: Eso es lo que se podía escuchar en álbumes como “Crash” (1986), “Romantic?” (1990) u “Octopus” (1995).
“Secrets” (2001) es su último disco hasta la fecha. En él, volvían con “All I ever wanted”, el altivo tú a tú con el electropop de nuestros días. Atrás parecen haber quedado los días de maquillajes y curiosos trajes. Hoy en cambio, salta a la vista una sobriedad que a la par de elegante es ilustrativa. Porque queda la sabiduría de quienes han hecho y hacen lo que quieren cuando les da la gana.

¿El fin del romance?
¿Y que ha quedado del New Romantic? Puede decirse que, aunque no lo parezca, algo del combustible que lo formó. Trasmutado y mezclado con otros elementos, se puede rastrear su legado en los noventa y en la actualidad.
A mitad de la última década del siglo pasado se habló tímidamente del Romo, un remedo indie que, promovido por el Club Skinny, tuvo su más clara representación en el grupo Orlando. En otro ámbito, se intuía la influencia del género en bandas como Pulp, My Life Story, Saint Etienne, Suede, Rialto y demás.
Ha pasado el tiempo, y hoy existen nombres que pueden dejar ciertos destellos de aquella época, ya sea por estética, admiración o sonido. Fischerspooner, Scissor Sisters, Miranda!, Lorraine, Louie Austen, Fangoria, Guillaume Fedou, Client y muchos más podrían dar buena fe de ello.
Pero, más allá de todo quedan las canciones y el fulgor que siguen guardando. La garantía de poder soñar, bailar y soltarse sin esfuerzos. Viajando por lugares, cuerpos y nuevos y viejos romanticismos. Por tiempos que siempre serán atractivos.

Texto: Aldo Linares


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