Grupos
Wilco, así en la tierra como en el cielo (azul cielo)
Texto: Milo Krmpotic

Hay, ahí afuera, quien reniega de su último trabajo, un “Sky Blue Sky” (2007) con demasiados solos de guitarra para el modernillo gusto. Pero que Wilco haya acertado al regurgitar el pop-rock de los setenta es lo de menos: sobre un escenario, el sexteto de Jeff Tweedy volverá a demostrar por qué también hay, ahí afuera, quien la considera la mejor banda de rock del mundo. 

Reza la Biblia del country alternativo que en el inicio estuvo Uncle Tupelo, que Jay Farrar era su profeta y que Jeff Tweedy cumplía tan solo, aunque con creces, la labor de seguidor apostólico. Pero he aquí que Farrar extraviaba a veces el mensaje, y Tweedy se vio obligado a tomar la palabra cada vez con mayor asiduidad. Hasta que el primero citó al segundo al pie de la montaña y le anunció:

-“En verdad te digo que esto se ha acabado…”

Y Farrar se alejó silbando las primeras melodías a ensayar con Son Volt mientras Tweedy, tan desamparado como confundido, hundía la cabeza y se aprestaba a iniciar su propia y particular travesía del desierto. Pero Tweedy no podía cerrar ya la boca. Pero junto a Tweedy otros habían perdido también a su líder. Y he aquí que todos ellos volvieron a encontrarse, y que de aquella reunión fue a surgir Wilco.
Ocho años y tres discos más tarde, Tweedy padeció una migraña. Momento de lo menos indicado para que Jay Bennett, seguidor apostólico con secretas ambiciones de profeta, se interpusiera en su camino por un quítame allá esas corcheas. De modo tal que, mientras el primero acababa vomitando de dolor en los servicios, el segundo pasaba a desempeñar el muy paradójico rol de multi-instrumentista en solitario.
No en vano Tweedy se sabía poseído por una visión. Y la visión llevaba por título “Yankee Hotel Foxtrot” (2002). Y la visión, que vestía los mismos mimbres que el no tan lejano (y seminal) “Being There” (1996), fue en esta ocasión retocada por Jim O’Rourke. Pero la visión fue a darse de bruces contra los despachos filisteos de Reprise, Warner. Y Tweedy echó a andar una vez más, pero aquello no era ya el desierto y tampoco se vio obligado a ir muy lejos. Porque Nonesuch, Warner, gustó de la visión. Y la visión se hizo disco compacto. Y el disco compacto fue aclamado por el pueblo. Y de Jay Farrar ya pocos se acordaron, porque la Verdad estaba en Wilco.
Durante un lustro, Wilco fue declarado el grupo de rock más importante del mundo. Gustaba a los puristas y gustaba a los modernillos. Seducía a los amigos de lo masivo y a los esclavos de lo alternativo. En lo alto de los escenarios estallaba como una banda de estadio para, medio parpadeo después, reconducirse hacia la intimidad de un sexteto de cámara. Tal era la exactitud de sus engranajes que, cuando regresaron al estudio, cuando tocó reformular la visión bajo las crípticas maneras de “A Ghost Is Born” (2004), incluso los ocho minutos de ruido que cerraban “Less Than You Think” fueron universalmente aplaudidos.
Nada sienta mejor a un iluminado que dar con el grupo de seguidores adecuado. Tal era la satisfacción de Tweedy con la nómina que en ese momento lo rodeaba (el bajo John Stirratt, único superviviente junto a él de los días de Uncle Tupelo; el guitarra Nels Cline, el percusionista Glenn Kotche, el teclista Mikael Jorgensen y el muchacho-para-todo Pat Sansone), tal era la exactitud alcanzada en su directo, que el siguiente paso de Wilco fue grabar lo sucedido durante cuatro noches de mayo de 2005 en el Vic Theatre de Chicago y conformar con ello “Kicking Television” (2005), uno de los raros álbums en vivo contemporáneos que dignamente compartirían discoteca con el Budokan de Dylan, el Fillmore de los Allman Brothers o el Leeds de The Who.
No en vano hemos acabado esgrimiendo referentes propios de la década que nació con la muerte del hippismo y que murió con el nacimiento del punk. Jeff Tweedy contaba 11 años cuando se estrenó “The Last Waltz”; 13 cuando John Lennon cayó asesinado en la acera que rodea el edificio Dakota de Nueva York. Y si algo nos enseña la literatura hagiográfica es que se debe prestar mucha atención a la infancia y adolescencia del profeta.
Hace escasos meses, en la habitación de un hotel de Barcelona, Tweedy le dijo a quien esto firma que, así en la música como en la vida, uno no busca parecerse a sus padres: simplemente despierta un día convertido en ellos. Atrás queda, de momento, el tiempo de los padecimientos y las visiones. Porque es un pasado doloroso pero hermosamente reinterpretado el que surca los cortes del muy íntimo “Sky Blue Sky”: Dylan, los Beatles y The Byrds, sin ir más lejos.
Los pies bien plantados en el suelo. La cabeza apuntando hacia el cielo (azul cielo). Wilco en paz. Wilco bajo las estrellas. Una noche más y, a su vez, una noche como ninguna otra. Es lo que suele suceder cuando Tweedy y compañía empuñan los instrumentos para representar su ritual desde lo alto de un escenario.


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