Grupos
Rufus Wainwright, grandes divos pop del tercer milenio, cap. I
Texto: Abel Gonzalez

Un concierto puede gustar por varios motivos. Pero sólo es importante cuando la comunión entre espectador y artista supera los pactos tácitos. Eso pasa cuando se engancha a un buen autor en plenitud total.
Neil Tennant (Pet Shop Boys), en funciones ejecutivas, invierte en “Release the Stars” (2007), el primer trabajo autoproducido de Rufus Wainwright. Un discazo monumental, el quinto, que confirma su pletórico estado de forma. Después del grandilocuente díptico “Want One” (2003) y “Want two” (2004), el arco de su carrera aún está por las nubes.

“Os decepciono siendo sólo humano y no uno de esos elementos con los que puedes encender un cigarrillo” (“Do I dissapoint you”). Referente gay de los demás iconos gay. Sobradísimo de técnica, talento y carisma. Rufus sí es un elemento con los que puede encenderse un cigarrillo. Es un divo pop de grandes gestos y quizás, ahora mismo, el mejor cantante del mundo. Encantado de haberse conocido y rotundamente capaz, su primer gran gesto fue ya nacer. Los Wainwright fueron los Tennembaums de la música norteamericana. Músicos y cantantes todos: Loudoun Wainwright III (sus dos primeros discos son pequeñas joyas de folkrock americano) se separó de Kate McGarringle cuando Rufus era un niño. Él y su hermana -Martha, cantante también- se formaron en Melbourne con su madre. Empezó a tocar el piano a los tres años, debutó en directo con el grupo de su familia materna con doce, asumió su homosexualidad con trece y un hombre con el que quiso pasear por el parque le violó con catorce. Cuando, mediante Van Dyke Parks, Dreamworks le ofreció 750.000 $ para producir su debut, Rufus ni pestañeó. Luego logró con “Poses” (2001) algo que no se escuchaba desde Randy Newman o los inicios de Elton John. Un disco de canción de autor norteamericano rico y perfecto. Y con glamour. A la par, se enganchó a la metanfetamina también a lo grande.
Rehabilitado, recobró la confianza en la música clásica y fijó su objetivo: ser una estrella pop como Judy Garland en un entorno de arreglos mahlerianos. Irreverente e iconoclasta, un día canta en “Shrek 2”, otro se crucifica en escena durante “Gay Messiah”. Rufus es ésa. Un clásico moderno de voz intachable.
Algo que debe tener todo gran intérprete es que la mera exposición a su dote ya produzca un efecto. Lo mínimo es que transmita, lo máximo que traspase. Rufus Wainwright es el de ahora. Lo tienen asumido Elton John, Antony y Scissor Sisters…de él habla hasta Leonard Cohen. Cada generación tiene a un Rufus Wainwright. La nuestra le tiene a él. Enhorabuena.


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