El cuento trataba de un pastor con ganas de gastar bromas pesadas, Patrick Wolf en The Magic Position, su último disco, se sube a roca y grita: “ha llegado el verano”. Sí, Patrick ha cambiado. Ya no es aquel escolar tímido y retraído; aquel indie melancólico que pasaba las largas y lluviosas tardes en el campo leyendo a Poe y tocando épicas canciones folk con su sintetizador y su violín. Se acabó el geniecillo de mejillas sonrojadas. Ha salido de su cottage y ha visitado las tiendas de la ciudad para renovar su armario. Todo color y colorante para el pelo (debió viajar a los ochenta) ha vuelto para presentar “The Magic Position” y demostrar que es otro, que ha cambiado, que le gusta salir a bailar por las noches, no sólo a aullar junto a una vela. Así, las canciones-anzuelo de su tercer álbum, más hedonistas, se parecen a sus fotos de promoción vestido de colorines en un tiovivo. Parecen más amables, sí, pero se sigue notando algo que se mueve bajo la superficie, algo no del todo tranquilizador. O si no escucha “Overture” (“Come on, open wide and let some light in”), “Get Lost” o “The Magic Position” con sus cuerdas estilo Motown y su melodía a lo Morrissey por un lado o las melodías literarias y sombrías de Enchanted o Augustine. Marianne Faithful, el hada buena, se presta a acompañarle en Magpie para añadir a la profunda voz del chico inglés la pausada y rasposa voz de la experiencia.