Si Andy Warhol levantara la cabeza, tomaría a Antony Hegarty de su mano de uñas negras y le conduciría directo a su madriguera. El nuevo bicho raro de la movida neoyorkina que todavía encabezan Lou Reed y Laurie Anderson se deja caer por primera vez en Benicàssim con su bizarra y maldita master piece bajo el brazo: “I am a bird now” (2005).
Dice que la culpa fue de “Kissing to be clever” (1982), el primer disparo de Culture Club. Antes de eso, Antony no era más que uno de aquellos críos a los que les gusta subirse a los zapatos de mamá. Nacido en 1971 en una ciudad del sur de Inglaterra adicta a los intercambios de idiomas (Chichester), y criado entre Amsterdam y California, el chico al que ahora ama hasta Dennis Hopper, se mudó a Nueva York cuando cumplió los 19. Quería ser actor. Así que se matriculó en la universidad y allí conoció a Johanna Constantine, una chica rara. No tardaron en hacerse buenos amigos y en empezar a travestirse juntos. Lo siguiente fue poner en marcha el colectivo Blacklips Performance Cult, una especie de cabaret intrépido que abría sus primeros shows con una presentación en morse y los continuaba con sexo de tacones rotos, películas de serie B y poemas macabros. No tardaron en grabar una maqueta que acabó en manos del músico David Tibet (Current 93) que se ofreció a publicar en su sello Dutro el primer disco de Antony. Así fue como “Antony & the Johnsons” (1998) vio la luz (un tanto mortecina en su caso): un corto pero intenso recorrido por el revuelto mundo interior de un hipotético cruce entre Nina Simone y Aaron Neville, el niño incomprendido que canta desde el fondo del mar a ritmo de gospel-glam de barras pegajosas y cigarrillos agonizantes.
Nombrado miembro de honor del New Weird American Movement (algo así como Nuevo Movimiento de Tipos Raros Americanos), Antony se convirtió poco después en el chico favorito de Lou Reed. Lou le descubrió gracias al EP “I fell in love with a dead boy” (2001), en el que, además del moribundo tema (una joya que no suele faltar en sus directos), incluyó una curiosa versión de “Mysteries of love”, de David Lynch y Angelo Badalamenti, y otra de “Soft black stars”, de Current 93, también habitual en sus directos. Lou se enamoró. Y lo primero que hizo fue tratar de localizarle para pedirle que colaborara en su próximo disco, “The Raven” (2003). Antony dijo que sí y todo han sido buenas noticias desde entonces. El bicho raro dejó los cabarets gays y se enfrascó en la grabación del que sería su segundo disco: “I am a bird now” (2005). Todo un clásico ya, en el que Antony, convertido en un personaje de Fassbinder, ahonda en su desesperación y hace de la soledad una bandera que ondear (aunque sea a solas). Quienes le han visto en directo aseguran que viene de otro planeta, que canta como hipnotizado, poseído por el espíritu de voz aterciopelada y oscura que ha conquistado a la mísmisma Björk. ¿Será verdad? Esta noche lo sabremos.