Y llegó el día D. El día en que la segunda parte de “Silent Disco by Red Bull” echó a bailar. En silencio, claro. Porque ahí está el truco. Auriculares y un par de pinchadiscos y bailarines sobre moqueta azul. En la cola, todo eran risas y mirar hacia dentro a través de las ventanas de plástico de la carpa. “No sé cómo será, pero parece que estemos a punto de entrar en un parque de atracciones”, se decían Marina y Eva, amigas y primerizas en esto del baile sin música en el ambiente. A las puertas de la pista, un par de voluntarios les explicaban cómo cambiar de canal (y así, de DJ), por si se agobiaban. “Parece súper emocionante”, soltaba Eva. Entraron y, al principio, algo tímidas, luego cada vez más sueltas, empezaron a moverse al compás de la música que sólo ellas, y el resto de fibers que sintonizaban el canal uno, estaban escuchando. “¡Arctic Monkeys!”, gritó una chica, a sus espaldas. Y el colectivo british de la pista entonó “I bet you look good on the dance floor”. “¡Eh! ¡Es mejor oírlo en versión original!”, gritó Marina, quitándose los cascos y escuchando a un grupito de inglesas cantar aquello de “I’m not looking for romance, nooo…”. ¿Miedo al ridículo? “¡Qué va! ¿Por qué íbamos a hacer el ridículo si todo el mundo lo está haciendo?”. Elemental.