Muchos fibers españoles se preguntaban por qué esta banda de jóvenes de Brighton aparecían tan bien situados en la parrilla jerárquica del Festival cuando sus cartas se reducen a “Inside In Inside Out”, un disco de pop refinado y accesible recién publicado. “Zerá pá’ lo(s) guiri(s)”, exclamaba desdeñante un representante sureño patrio esa misma tarde mientras descargaba en la pared orinadero -ideal para mirones- que da acceso a la nueva zona de descanso. Pues se equivocaba. Era para todos. Es cierto que el movimiento pro-Kooks que los sitúa como herederos del hype Arctic Monkeys resulta tendencioso y ridículo (se basa tan solo en la corta edad de los componentes y un supuesto parecido en sus propuestas). Pero también lo es que el breve show que nos ofrecieron Luke Pritchard y sus compinches estuvo a la altura de su destacado horario. Pop efervescente y actitud descreída que vestían con maneras y ropajes de banda californiana setentera. La banda, que inició el show como el disco, con “Seaside” y “See the World”, nos trasladó en los mejores momentos de su actuación (“Naive”, “Sofa Song”, o la autoparódica “Eddie’s Gun” –versa sobre, ejem, los problemas de Pritchard a la hora de tener erecciones), a finales de la década de los setenta, y nos parecía estar viendo a Tom Petty & The Heartbreakers en su mayor momento de gloria. Los británicos tuvieron tiempo en sus tres cuartos de hora de show de repasar prácticamente todo su disco de debut y hasta les quedó espacio para presentar dos temas nuevos, “Luby Lou” y “Pull Me In”. Qué grande volver a vivir años en los que cada mes surgen bandas como ésta. Parece que el rock ha vuelto para quedarse.
Mejor momento: Aunque muy activo durante todo el show, resultó divertido descubrir un Luke Pritchard algo inseguro en escena. Se movía sin saber dónde dirigirse y en ocasiones se quedaba sin saber qué hacer con las manos: ahora me aliso el cabello, ahora vuelvo a coger el pie de micro, ahora trato de dar palmas, pero no toca, así que me vuelvo a alisar el cabello. Le daba un aire de amateurismo que le hacía todavía más irresistible.
Foto: Óscar L. de Tejeda