Conciertos
Matt Elliott
Texto: Íñigo de Amescua

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Después de los más de diez minutos de RUIDO con los que se despidió el señor Matt Elliott se queda uno como con resaca. Perdón por la broma fácil. Pero el hecho es que, tras un concierto en que tanto él mismo como su acompañante multiinstrumentista se movieron entre el intimismo y el salvajismo más descacharrante, ese broche final, que responde al nombre de “The Maid We Mess”, dejó aturdido a todo aquel que pasó por la carpa Fiberfib.com para ir a verle cantar sus valses y polcas marcianos. Como si los bares de estibadores del Volga y las cantinas de marineros en San Petersburgo se hubiesen puesto a rebosar de fans de Mogwai. La puesta en escena no pudo haber sido más sencilla. Dos personas. Por un lado el ex Flying Saucer Attack dándole veneno a la guitarra, la flauta, los teclados y, sobre todo, los pedales. Por otro, su compañero le daba a la batería, a la viola y, también a los pedales de loop. Ambos le daban a la botella de whisky de manera fina también entre canción y canción (el chico tenía la garganta mal y el alcohol ayuda a dar empaque…). Ya saben, la mejor forma de presentar un álbum llamado “Drinking Songs” es bebiendo. Así, las piezas evolucionaban desde el susurro al berrido esquizofrénico en un lapso de segundos. Desde la sencillez de elementos de las piezas en las que utilizaba sólo la guitarra eléctrica a las cascadas impenetrables de sonido formadas a partir de sonidos deformados superpuestos sin ningún tapujo. Al final, incluso lleno de guiños puramente electrónicos. Un elemento más que añadir para crear la tensión rocosa que parece tan difícil de armar. No extraña que el chico acabara hecho polvo tras el concierto, dedo sangrante incluido. Tocar con tanta rabia se nota y no sale gratis. Afortunadamente.            

Mejor momento: Cuando los aspersores de vapor de agua de pusieron en funcionamiento al final de una de las canciones y todo aquello parecía el humo de una taberna con gente durmiendo por los suelos y cantidades importantes de serrín.

Foto: Kike Olmedo


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