Conciertos
Lou Barlow
Texto: Milo Krmpotic

Entre su doble faceta de apóstol de la saturación y el ruidismo ochenteros (desde Dinosaur Jr. y Sebadoh) y de estratega del folkcore, Lou Barlow regresó a Benicàssim decantándose claramente por la segunda posibilidad, en formato de guitarra y sintetizador que debía repetir y distorsionar las bases previamente esgrimidas desde las seis cuerdas. Hasta aquí, ninguna sorpresa. Pero sucede que uno no puede ir por la vida de adalid del lo-fi sin que en alguna ocasión la técnica se ponga tontorrona y busque saldar cuentas. Así las cosas, Barlow se encuentra con que el cincuenta por ciento de sus instrumentos no le responde, lo que le lleva a cancelar en dos ocasiones el tema inicial. Ante la falta de respuesta del equipo de sonido, Barlow se arrodilla para desempeñar el doloroso arte del desenchufa-aquí-a-ver-si-aquello-de-más-allá-se-enciende. Y vuelve a comenzar. Una, dos, tres veces. Entra y sale del escenario. “I came to Benicàssim alone and alone I stand”, proclama cuando por fin se decide a aceptar lo evidente. El público, en número bastante respetable pese a la competencia de Morrissey, responde con palmas. Y Barlow, una suerte de versión dignificada del Eugene Levy de “American Pie”, se rasca el costado izquierdo de la cabeza y la emprende, entre constantes gestos de incomodidad, una ristra de canciones que no parecen destinadas al modo cantautor, limitadas al rasguido y puntual punteado. La implosión del folk, en efecto… Y Barlow que, tras depositarse en una silla al estilo Unplugged, ve cómo al levantarse se le enreda el cable de la guitarra. No es su noche, pero aún así (o precisamente por ello) aprovecha para sacarle una foto al respetable. “Last year I came to Benicàssim and I played with the loudest band. Now I’m with the quietest in Benicàssim”. Y Barlow que quiere marcharse, pero le señalan que tiene diez minutos más. Y Barlow que podría seguir tocando cinco festivales  sin perder la compostura, pero también sin que le dejen dar pie con bola…    
Mejor momento: La profesionalidad del artista y el apoyo del público durante esa hora que pareció hurgar sádicamente en el alma del primero.


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