Parece que el tiempo redimensiona la música de quien nos ocupa. No sólo por su sonido sino también por su capacidad para trazar nuevas lecturas a sus canciones. Es un hecho, Dominique A es un músico que parece haber encontrado el punto exacto para estar en permanente estado de gracia. El concierto de ayer fue singular. Quizás por el hecho de encontrarse en un festival, o por saberse conocedor de un cancionero valioso, A subió al escenario con una, por decirlo de algún modo, fiereza que exponía una confianza a prueba de balas. Con cuatro músicos a su alrededor, Dominique A atravesó sus discos con decisión e ironía a lo largo de trece canciones grandes como su manera de cantar, que de paso, nos devolvía ese singular vibrato que tanto le acercó en sus inicios a la chanson. Así, el recuerdo se convirtió en cercanía con “La Memoire Neuve” y la inmediatez se hizo eco con “La Pleureuse”, del mismo modo que “L’Camion” reflejaba un trayecto difícil de resistir. En esa pulsión de títulos, y a lo largo del concierto, se pudo sentir el crecimiento de un músico que no ha buscado caminos acomodaticios para su música. Si en un principio sus canciones se nutrían de un entrañable sonido low-fi, no es menos cierto que cada uno de sus álbumes ha ido hilando fino, empezando desde cero o continuando el camino trazado, sin perder un ápice de inspiración y perspectiva. Y aunque por momentos parezca que se va cerrando un círculo en su discurso, es obvio que es el único que conoce el secreto para hacer que sus composiciones fluyan por una nueva dirección. La primera vez que Dominique A pisó un escenario, del por entonces FIB, fue en 1996. Volvió en 1999 y en 2002, y cada uno de sus conciertos fue absolutamente mejor que el anterior. Ayer se cumplió lo dicho, ayer Dominique A volvió a ser el dueño del escenario.
Mejor momento: Los primeros rasgueos de guitarra que anunciaban que “Antonia” sería uno de los momentos más brillantes de la noche.
Foto: Francois Ollivier