Grupos
Rufus Wainwright, la reina de la fiesta
Texto: Octavi Botana

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Este chico es un genio y lo sabe, pero mejor no recordárselo muy a menudo porque su ego alcanza ya dimensiones atroces. cualidades no le faltan al músico canadiense que ha hecho del barroquismo su sello personal. ahora -dice- su estilo ha dado un giro para alejarse del pop preciosista al que nos tiene acostumbrados y abrazar un nuevo género -la ópera- (por otra parte siempre presente en su paleta compositiva) donde poder ampliar la intimidad emocional aún más si cabe. Escuchar a Rufus Wainwright es una experiencia religiosa. Sus discos están plagados de pasajes donde palpas la devoción y la fe a través de una calidad literaria sin igual y un acompañamiento musical de alcance casi místico. Su primer trabajo, titulado sencillamente “Rufus Wainwright” (1998), fue un primer aviso. Producido por Van Dyke Parks y Jon Brion, repasaba las penosas etapas de un desenlace amoroso fatal y dejaba claro que ahí había un talento por dimensionar que se vió confirmado con “Poses” (2001), su segundo asalto. Todo desmesura y contención sonora, este álbum reflejaba sus escarceos por el lado salvaje de la vida. Pasado de vueltas, enseñando las garras unas veces, emocionándose otras, y, en definitiva, anticipando ese sentido provocativo que tanta fama le ha otorgado. Pero Rufus es ambicioso hasta decir basta, y eso, dicen, da buenos frutos. Dos años después llega su obra maestra, “Want One”, donde vuelca sus visiones más sinceras y se gana el respeto de toda la comunidad pop. La producción, esta vez a cargo de Marius de Vries (David Bowie, Björk), es de un barroco insultante pero nada paródico. Su estética de hidalgo trasnochado-a medio camino entre un caballero de la corte del rey Arturo en versión homo y el romanticismo exacerbado del “Paradise Lost” de Milton- sumada a las orquestaciones épicas y una capacidad vocal fuera de serie, convierten a Rufus en lo que siempre había querido ser: un visionario, un Mesías, un clásico moderno. Se disparan las ventas, las giras se hacen interminables y la gloria alcanza por fin a esta diva con cancionero de infarto. Y entonces el remate: “Want Two” (2005), la secuela donde el egocentrismo roza la autocomplacencia y el pop cabalga entre su vis teatral y unos arreglos sinfónicos de 12 sobre 10. Sus visitas a España siempre han dejado huella, con fans recogiendo sus propias lágrimas en primera fila, declaraciones de amor desde platea, aplausos sangrantes y mucho teatro. Esta noche el Escenario Vodafone FIB Club será suyo durante un buen rato. Enamórate ya o déjalo correr. 


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