Grupos
Morrissey, inexplicablemente real
Texto: Aldo Linares

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Ahora sí, frente al festival, el hombre de la espigada figura y el eterno tupé viene para hacer del tiempo y la música una hoja en la que escribir su nombre: morrissey está aquí. ¿Cuántos iconos actuales alcanzan hoy la magnitud de Morrissey? Aunque parezca una pregunta exagerada, bien se puede considerar que pocos artistas pueden llegar a las cotas de adhesión y rechazo que el de Manchester tiene. Su personalidad, que mantiene una singular simbiosis con sus canciones, su postura ante determinados aspectos relacionados con la realidad y su estética, da pie a las más variadas controversias. Desde la época en que mandaba airadas cartas al New Musical Express en pro de sus adorados New York Dolls, hasta hoy, la vida de Morrissey se ha perfilado por la misma ruta por la que ha deambulado su admiración por muchas figuras del pasado. De un pasado que, con el tiempo, se ha hecho más refulgente. “Ringleader Of The Tormentors” le presenta en un estado de madurez encomiable, con esa especie de sobriedad, chulería y ostracismo que le caracteriza, pero que en esta ocasión revela un control y una tranquilidad completamente novedosos. Algo está ocurriendo en la vida de Morrissey, algo que parece acercarle más al más recóndito Steven Patrick Morrissey que sólo él conoce. O quizás no. Certain People I Know A estas alturas, parece que el círculo se ha cerrado.

Cuando hace unos años muchos de los fans de The Smiths temblaron al escuchar que el cuarteto se separaba, se podía intuir que la sombra de Morrissey iba a ir más allá del letrero de Strangeways. Y así ocurrió. Sin un especial interés en romper algo que él mismo había empezado, volvió con “Viva Hate” (1988), un álbum en el que empezaría a sentar las bases de un pop cálido, reflexivo, pero pleno de un sentido del humor que lejos de provocar fáciles ironías invita a pensar.Desde aquel álbum, pasando por sus otros siete discos, Morrissey ha atravesado algunas etapas definitorias en un estilo que, por muchas imitaciones que tenga, no puede ser reproducido ni, mucho menos, calcado. En una panorámica en la que convive el sonido de los antiguos crooners, el rockabilly, el glam, la balada épica o el pop británico de los sesenta, consigue mezclar y elaborar un pop en tierra de nadie que sólo se debe a su voz y a sus letras. Aunque es innegable el soporte de quienes le acompañan. Boz Boorer, Alain Whyte y Gary Day son parte fundamental de ese equilibrio entre el pasado y el presente en su música. No obstante, siempre hay satélites de talento a su alrededor. Pero ¿cómo hace para producir esa especie de magnético hipnotismo en sus fans? Es difícil responder a esto sin recurrir a nombrar a algunos referentes cercanos. Personajes que, como James Dean, Sacha Distel o Elvis Presley mantuvieron una extraña relación con la fama, con su intimidad y con su arte. Del mismo modo que Oscar Wilde lo hizo con sus escritos o Michelangelo Antonioni con sus películas, quien nos ocupa es el resultado de una forma de ser y de una leyenda.

Como él mismo ha recalcado en algunas entrevistas, cuando se le preguntaba acerca de su tendencia a tomarse muy en serio, respondía con firmeza: “Si no lo hago yo, ¿quién lo hace?”. Ahí está el detalle, en su determinación y en la adoración de su público. De su Manchester natal pasó a Los Angeles. Allí, tras vivir en la casa que alguna vez perteneció al mítico Clark Gable,pasó siete años en los que parecía haber encontrado la paz y el relax que no tenía en su país. Pero “L.A. es un sitio en el que dejé de sentirme seguro. Es un lugar en el que no podía caminar tranquilo. Demasiado control, demasiado odio”. Hoy Roma parece ser el lugar que mejor se adapta a la madurez del artista, coincidiendo con un estado de ánimo personal que resalta una lucidez que algunas veces puede parecer contradictoria pero que es el resultado de un empecinamiento especial: “Siempre soy yo, en los discos, en el escenario, en cualquier estado. Inexplicablemente siempre soy yo”. Lo dicho, se le puede querer o se le puede odiar. La dicotomía permanece tanto como su fascinación por la nostalgia y sus canciones, por su imagen y por su postura ante la fama. Podría estar cerca de Matt Monro o de Richard Hawley, vivir en la mansión de Gloria Swanson en “Sunset Boulevard” y salir en un editorial de moda de alguna sofisticada revista alemana, tomar el té con Nancy Sinatra o entrar en polémica con Arctic Monkeys y el gobierno inglés. Podría hacer todo eso, y aún así seguiría desprendiendo esa sensación de clasicismo y elegancia que, seamos claros, es casi imposible de encontrar en el panorama musical actual.


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