El Archiduque Franz Ferdinand tiene un lugar garantizado en todas las enciclopedias. Heredero del imperio austrohúngaro, sobrino del emperador Francisco José (esposo de la famosa Sissi), fue su asesinato en Sarajevo el desencadenante de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, desde 2003 hay una entrada en el conocimiento universal que desplaza a tamaño personaje. basta chequear en internet: incluso si buscas “Archiduque Franz Ferdinand” te topas con que se trata de la explicación del nombre de una banda con base en Glasgow y cada vez más ubicua. Quizás su secreto radica en que satisfacen tanto al público que disfruta con la avalancha de estribillos pegadizos y adrenalina de sus canciones como al sesudo crítico que apunta A The Monochrome Set y Josef K como claros referentes junto a Gang Of Four, Teardrop Explodes o Talking Heads, y que ve en ese rock de escuela de arte una actualización de las posturas post-punk en clave pop, sostenida en un directo rotundo y contundente.
Franz Ferdinand es de esas bandas que gustan a todos. Cuando se unieron en 2001, Bob Hardy (bajista) quería que su música estuviera “a la altura de las lágrimas que se le caían al General Haig a medida que contaba los hombres que había enviado a la muerte en el frente” (de nuevo otra referencia a la primera guerra mundial: la batalla del Somme, en la que cayeron 400.000 británicos). Alex Kapranos (voz, guitarra y composición) prefería “hacer música para que bailaran las chicas”. Esto último les consiguió su primer concierto, en una exposición de arte de mujeres en la Universidad de Glasgow. Nick McCarthy (guitarra y composición) venía del jazz y la música clásica, y Paul Thomson (batería) trabajaba de modelo en la escuela de arte de Glasgow (también tocaba en Yummy Fur). En ese entorno “arty” no estrictamente musical nacieron y crecieron. Sin embargo, Alex era un tipo con suficiente conocimiento del mundo musical. Regentaba el club Kazoo en la legendaria sala de Glasgow 13th Note, de donde salieron Urusei Yatsura (tocaron en el FIB Heineken de 1997), pero además había pertenecido (usando el apellido Huntley de su madre inglesa y no el Kapranos de su padre griego) a bandas como Yummy Fur y, sobre todo, Karelia, en cuyo álbum de 1997 “Divorce At High Noon”, reeditado recientemente por Roadrunner, se encuentra el embrión del sonido de Franz Ferdinand con su artística teatralidad. Con inteligencia para mover los hilos y crecer en la sombra trabajando duro, Franz Ferdinand forjaron una base suficientemente sólida para atraer a uno de los sellos independientes de mayor reputación (Domino Records) y encomendarse a una explosión inevitable, aunque de magnitud sorprendente para todos. Su primer álbum, “Franz Ferdinand” (2004), fue casi aplastantemente escogido el mejor del año. Con contagiosa urgencia vital, despliega un torbellino de melodías pegadizas entre metralla eléctrica con ritmo de rock bailable y canciones tan completas como “Take Me Out”. “You Could Have It So Much Better” (2005), aunque perdido sin sustitución el factor sorpresa, aún mantuvo la inercia de los buenos comentarios y continuó aumentando el torrente de ventas, con temas cargados de frases adhesivas de las que suenan en anuncios y cortinillas de televisión. Su música tiene mucho de reciclaje inteligente. Los espasmos guitarrísticos, los riffs recortados y afilados, las bases muy sólidas pero también saltarinas, los teclados analógicos, todo suena a la vez post-punk, new wave y brit-pop.
El único factor novedoso está quizás en la energía y el vitalismo con que reinventan el presente. Parecía que los neoyorquinos The Strokes, quizás más guapos y rockeros, habían aparecido en el momento justo y el lugar adecuado para revolucionar el mundo del rock con un revival fresco que sonaba actual. Pero con el tiempo parece que han sido Franz Ferdinand quienes han roto los moldes alcanzando un éxito compartido de crítica y público inédito hasta la fecha. Por ejemplo, el año pasado llenaron cuatro noches consecutivas el Alexandra Palace de Londres (Oasis sólo lo hicieron dos). Aunque en Gran Bretaña sigan con Domino, en EEUU ficharon por Epic a cambio de millón y medio de libras. No obstante, continúan estando en el lado “cool” de la industria, con su toque ineludiblemente “arty” y sin perder contacto con el planeta, expresando opiniones razonables desde su casa en Glasgow, recorriendo continentes y convenciendo a cada vez más gente con su incontestable directo. Y es que el mundo es suyo, tanto que recientemente han rechazado una multimillonaria oferta para ceder una canción a un anuncio porque no les dio buen rollo. Un lujo que ellos se pueden permitir y que estará a nuestro alcance, hoy, sobre el Escenario Verde del FIB Heineken.