Weblog Silvia Terrón
El caso de la cultura perdida de los singles (1)
Texto: Silvia Terrón


Foto Silvia Terrón.

Hubo una época en que los singles eran el formato por excelencia de la música. Esos 7” que encerraban dos o cuatro canciones de tu artista favorito y en los que, en pequeñas dosis, se saboreaban las canciones mucho más que en las largas caras de los LPs. Era la píldora perfecta, la medicina musical, en tamaño manejable y con fotos atractivas en la portada para escuchar con dedicación (dos canciones, parón, vuelta al disco y dos canciones más y luego el ruido de la aguja en los surcos vacíos como unos puntos suspensivos).

Desde aquella década de los 60 ha pasado mucho tiempo y estos años han hecho crecer la cultura del disco en detrimento de la del single. Ahora han aumentado las facilidades (74 minutos de capacidad en un CD, poder repetir los temas a placer o programar sólo nuestros favoritos), pero se ha perdido el concepto del disco tal y como lo conocíamos. Ya no hay cara A y cara B y no hay que pensar en cómo concebir un disco en dos episodios para la experiencia de la escucha. Con el CD sólo se puede proponer un orden, pero con una alta probabilidad de que no sea respetado.

En España los singles prácticamente han desaparecido, sustituida su función por los recopilatorios, mucho más útiles en el sentido de que recopilan los 40 temas imprescindibles del verano o los grandes éxitos de un artista. Aún en los 80 tenían su sentido, con los títulos extranjeros traducidos en la galleta (“Amor en mal estado” por “Tainted Love” de Soft Cell, por poner un ejemplo) o los singles de la Movida.

La experiencia de escuchar música con un mínimo de esfuerzo –entendiendo esfuerzo como interés- por parte del oyente casi ha desaparecido. El iPod shuffle es el último paso: no podemos elegir el tema a escuchar, el reproductor decide por nosotros. Y, aunque las sorpresas son buenas, también es bueno pensar en qué apetece escuchar en cada momento y dejar que el disco –el disco tal y como fue concebido por el artista- se convierta en la experiencia. ¿O acaso es lo mismo leer un libro picoteando entre los capítulos a voluntad que seguir el orden propuesto por el autor? Incluso Rayuela o los libros que nos dan a elegir finales alternativos en el transcurso de la historia tienen esos itinerarios previstos y ya concebidos para guiarnos a su través, y siempre merece la pena dejarse guiar por los autores: son el mejor guía en ese país que visitamos por un rato, lo que dure el disco o el libro. Ellos son sus únicos moradores a tiempo completo.


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