
Decir iPod a estas alturas es decir la piedra filosofal. Ha sido no el invento del siglo, pero sí el detonante de un cambio de forma en la forma de consumo de música que ya se venía gestando tiempo atrás.
No sé la situación actual en España (cuando me vine a Londres ya había un boom importante de ventas del reproductor, pero no era algo generalizado), pero en Inglaterra ya se puede decir que es un producto de uso común. Prácticamente todo el mundo tiene uno, bien sea el clásico, el mini o el random. Nadie mira con curiosidad cuando uno saca el suyo en el metro para buscar una canción o subir el volumen.
A decir verdad, ha sido en apenas veinte años que el acto de escuchar música se ha ido volviendo más y más solitario. De aquellos años prehistóricos –la práctica totalidad de nuestra historia hasta hace muy poco si nos paramos a pensar- en los que no había soporte reproductor, no queda más que historias lejanas y anécdotas enmarcando situaciones que ya, desde nuestra perspectiva presente, no somos siquiera capaces de imaginar. Pero desde que la música existe, ha sido una de las experiencias compartida por excelencia. Escuchar, bailar, cantar siempre se hacía en compañía, eran las reuniones sociales por excelencia (¿ha habido fiesta alguna vez que no tuviera música?).
Desde que existen los soportes y los aparatos reproductores, se ha mantenido la misma tónica. La escucha en solitario era más para las canciones que nos marcan, para las canciones que nos movían a cambiar o marcaban puntos de inflexión en nuestra vida, pero para poder escuchar en soledad había que estar en casa, solo.
Los años ochenta y el walkman revolucionaron esta situación. De repente era posible ir por la calle andando y escuchando música a la vez, la música que tú quisieras, sin que nadie más tuviera que escucharla. El transistor ya existía hace mucho, es cierto, pero en un transistor podías sólo elegir la emisora o el programa, no hacer una escucha a placer de lo que te apeteciera. Después llegó el Discman, equivalente pero más moderno y cómodo (ah, aquellos tiempos en los que había que avanzar y retroceder hasta llegar al principio de la canción deseada, qué lejanos parecen…) y, por último, el reproductor mp3, el hermano menor y más rebelde de la familia.
La experiencia de escucha, pues, ha sufrido una progresiva individualización hasta llegar a un entorno en el que cada uno escucha lo que quiere, solo, aislado, disfrutando de lo que más le guste o le apetezca en un espacio en el que otro, a su lado, hace lo mismo, y otro, y otro, así hasta llenar el vagón de metro o la parada de autobús de unidades aisladas de disfrute.
Casualidad o no, el reproductor mp3 de más éxito lleva en su nombre la palabra “pod”, que significa vaina. Y eso es precisamente lo que nos ofrece: todas las posibilidades de elección y de comodidad (¿40 gigas de música que te caben en el bolsillo?), pero a la vez también la concreción de la escucha musical como una experiencia solitaria. Seguirán los conciertos y los clubs, pero a diario si queremos que alguien escuche lo mismo que nosotros lo que hacemos es dejarle uno de nuestros auriculares. Y, si bien las cosas buenas que aporta son muchas, también está la calidad de compresión de los archivos, lo poco orgánico del sonido digital –qué le voy a hacer si yo soy más bien analógica…-.
Esto es, sin duda, sólo el primer paso de un proceso que cambiará por completo la industria y el mundo musical tal y como la conocíamos. Habrá que esperar algunos años todavía, pero las conclusiones ya hace tiempo que son previsibles. Mientras tanto, podemos ensayar el nuevo verbo: I Pod, You Pod, He Pods… Traduzcamos libremente, inventemos un poco y convirtámoslo en castellano en “Yo me envaino en música, tú te envainas en música…”.