¡Peligro!
Es un proyecto que cuestiona las restricciones de acceso y libre circulación del ciudadano en los espacios públicos. Basta con ver el mapa de cualquier ciudad para notar como nuestros espacios de acceso y circulación se reducen a las calles, aceras, plazas, parques, playas, y determinados espacios privados y públicos a los que podemos acceder pero siempre bajo condiciones horarias y distintas normativas.
Nuestro andar se ve condicionado e interrumpido por construcciones y prohibiciones que remarcan las fronteras entre lo público y lo privado, entre lo legal y lo prohibido. De esta manera, la privatización y bunkerización de espacios construye barreras visibles e invisibles que sitúan a determinadas personas dentro o fuera, ya no sólo de un bloque de edificios sino también –por qué no- de un territorio geográfico, social o ideológico como parte de sus medidas cautelares.

De alguna manera, la playa puede verse como un espacio “democratizador”, un terreno de encuentro y tránsito comunitario, un espacio público que mantiene una concurrencia y circulación fluida de bañistas de distinta condición ya que cualquier individuo tiene derecho a acceder a ella. A partir de esta premisa, el proyecto que presento consiste básicamente en la privatización simbólica de un pequeño sector de una playa de Benicàssim mediante la colocación de césped a manera de un jardín residencial en un área de 70 m2 y prohibiendo cualquier tipo de acceso a dicho espacio.
A partir de la instalación de césped en un área de 70 m² (7 x 10 mts) sobre la arena -a manera de jardín- se privatizará un sector bastante concurrido de la playa. Dos aspersores regarán periódicamente este espacio en el cual ningún bañista podrá pisar ni transitar a pesar de no haber barreras que imposibiliten el paso. La prohibición a dicho espacio se dará mediante cuatro carteles a cada lado del jardín, donde se denegará todo acceso. En cada cartel dirá: PROPIEDAD PRIVADA. PROHIBIDO EL ACCESO. Debajo de esta advertencia habrá un símbolo de una calavera con dos tibias cruzadas que remarcará la prohibición y un peligro inminente si es desacatada la orden.
Al crear un espacio-jardín abierto pero a la vez inaccesible en una playa tan concurrida como Benicàssim se cuestionan los límites entre lo público y lo privado. Siempre hay una frontera entre ambos espacios, algo físico que imposibilita el acceso con mayor o menor dificultad de evasión. Pero ¿qué pasa cuando los límites no son físicos? En este caso a partir de letreros con advertencias aparentemente absurdas, que generan el papel desequilibrante en esta intervención. A pesar de no haber barreras, los carteles construyen los límites que traza el área del césped a partir del lenguaje. Los letreros al llevar una imagen de un cráneo con dos tibias, asociado universalmente al peligro o incluso a la muerte, “imposibilitan” semánticamente y no a través de barreras físicas, el acceso a un sector público.

Por otro lado, toda advertencia es un guiño, una provocación que invita a romper con las normas. Ante esta cuestión salen algunas preguntas al aire: ¿Por cuánto tiempo es posible privatizar un área pública sin contar con barreras físicas? ¿Es posible que exista un espacio público únicamente protegido por el lenguaje? ¿Se pueden instaurar mecanismos de excusión con una violencia camuflada? ¿Cuál será la reacción del público ante una prohibición con barreras abiertas? ¿Durante cuanto tiempo es posible respetar un espacio protegido bajo estas condiciones? ¿Respetarán los bañistas una prohibición evidentemente falsa, absurda y totalmente quebrantable sólo con la fuerza de un símbolo que impone tajantemente una normativa en la playa? O por el contrario, ¿reaccionarán progresivamente contra este espacio a medida que vayan familiarizándose con él?
Fuera de lo que pase o deje de pasar con esta intervención, creo que es importante el solo hecho de poner un elemento de prueba que pueda tentar distintas reacciones en los bañistas durante el verano. Esta intervención empieza con una intención pero es importante que vaya desarrollándose con la participación (o no) de los bañistas. No es una obra cerrada sino un espacio orgánico que irá mutando, tomando forma y sentido a partir del desenvolvimiento de lo que la rodea.